LA PRUEBA


Las leyendas sobre el maestro eran fascinantes. Unos, decían que se podía trasformar en cualquier apariencia humana; otros, que tenía la fuerza de un guerrero; otros, que era capaz de sanar cualquier herida; otros, que podía desplazarse de un lugar a otro en segundos...

De cualquier forma, después de los ocho años en el monasterio, la prueba para continuar la formación como maestro había que superarla sólo con él. No había ni instrucciones, ni objetivos. Nadie que la hubiera o no superado, había hablado jamás de ella.

Cuando el aspirante llegó a la sencilla casa donde vivía el maestro, se encontró con un viejo decrépito, casi sordo y con poca visión. Tras una difícil conversación  parecía que aquel viejo no entendía ni sabía nada del maestro. El viejo le invitó a quedarse en su morada el tiempo que hiciera falta. Pronto el aspirante se aburrió de compartir los simples y ordenados quehaceres del viejo: limpieza, trabajo en la huerta, elaboración de comidas, meditaciones...

Pronto dejó de conversar  con aquel viejo inútil y empezó a pensar en el tiempo que estaba perdiendo. Cada día perdía un poco más su paciencia y poco a poco la constancia del viejo le empezó a molestar. ¿Qué hacía desperdiciando su precioso tiempo con aquel ser lastimoso?. Fue con estos pensamientos y con un rencor creciente que el joven no sólo dejó de ayudarle sino que empezó a divertirse dificultando las tareas de aquel pobre diablo.

Sin embargo, el viejo no parecía hacerse conocedor de las ofensas del joven y continuaba, inquebrantable, con su rutina. Esto sólo hizo que la rabia del joven aflorara.  ¿Quién era aquel viejo?, ¿Acaso no le afecta el lecho mojado, el agua derramada, la comida quemada? Empezó entonces a tratarlo con malos modales, pero al viejo tampoco parecía afectarle, al contrario, le contestaba siempre de buenas formas. Un día que se le antojó que el viejo estaba feliz, su impotencia, frustración y rabia aumentó y a la siguiente torpeza del viejo  aprovechó para insultarle y golpearle, dejándolo mullido en el suelo. Cogió sus pertenencias y se alejó, enfadado con el camino, el tiempo y el mundo.

El viejo se levantó para mirar compasivo al joven aspirante. Mientras le veía alejarse, sanó sus heridas, se trasformó en un fornido guerrero y cuando ya no se veía apenas más que un punto en el horizonte, apareció en el monasterio para observar durante el día y la noche al siguiente candidato.

Cuando a la mañana siguiente llamó el nuevo candidato a la sencilla casa, salió a recibirle una hermosa mujer.

Autora: Raquel Valdazo. Psicóloga ámbito clínico. Colegiada M-22413. Email: rvaldazo@cop.es; Tfno.: 633311168.

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