LOS PENDIENTES


Estaban ahí, en la misma cajita de terciopelo azul, con preciosas ornamentas plateadas. Exactamente como su madre se los dio hacía ya 50 años, el día antes de su boda. Aquellos pendientes habían pasado de mano en mano, de generación en generación, por todas las mujeres de su árbol genealógico. En esa misma cajita de terciopelo azul.

Orgullosa, con manos temblorosas, se los enseñaba hoy a su nieta de 13 años. Algún día serían suyos.
-      Abu, son preciosos, ¿te los pusiste en la boda?
-      Bueno chiquilla, quería llevarlos, pero imagínate, yo quería bailar y los podría haber perdido sin darme cuenta.
-      Abu, entonces, te los pondrías en la fiesta de nacimiento de papá.
-      Bueno hija, pues sí, habría sido una buena ocasión, pero imagínate, un bebé es mucho ajetreo…
-      Abu, no me lo digas, ¿en la boda de papá?
-      Cielo, sí, sí, me acuerdo que hasta me los llegué a poner, pero pensé que si los perdía, nunca podría perdonármelo, así que me los quité y los guardé. Mira, aquí están, son preciosos.
-      Abu, ¿eso quiere decir que no te lo has puesto nunca?
-      Bueno chiquilla, la verdad, es que no.
-      Abu, cuánto lo siento, entonces los perdiste en el mismo momento en que te los dieron.
-      ¿Los pendientes? No, están aquí, están aquí. Anda, cuéntame, cuéntame tu qué tal las vacaciones.
La tarde trascurrió agradable, tranquila. A las 10 Carla despedía a su nieta. Cuando se quedó sola sintió un malestar pero no entendía por qué. Todos los martes venía su nieta a verla, era su día preferido.

Al día siguiente Carla repitió su rutina diaria. Fue un día más, un día normal, cotidiano, sólo que ese día, todos y cada uno de los que se cruzaron con ella le dijeron:
-      Carla…¡qué pendientes más preciosos llevas puestos¡

Autora: Raquel Valdazo. Psicóloga ámbito clínico. Colegiada M-22413

         

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